El 26 de diciembre de 2004, el desplazamiento de más de 20 metros de las placas tectónicas del mar de Sumatra, produjo una catástrofe de incalculables consecuencias en países del sudeste asiático. Hay que analizar con seriedad las causas humanas de las catástrofes: el mal desarrollo, la ausencia de una política de mantenimiento del territorio respetuosa de las condiciones ambientales, el abandono de los poderes públicos respecto de los asentamientos ilegales y de los pequeños comercios ubicados en zonas anegables y de riesgo... para evitar que se reproduzcan estos fallos. En el Sudeste Asiático, más del 70% de la población vive en las zonas costeras porque dependen de los recursos del mar para su alimentación, sus empleos y sus ingresos.
Estas catástrofes deberían servir de lección para preverlas y limitarlas, para evitar otras, sobre todo ligadas al clima, y para una reconstrucción eficaz. Así mismo, no debemos olvidar otros desastres como las inundaciones en Bangladesh o los refugiados de África Central o del Darfur, pasando por el paludismo o el sida, la sequía y la desertización, son todos problemas que, al afectar principalmente a los países empobrecidos, se dejan fuera de las reflexiones y acciones.
La reconstrucción constituye una ocasión histórica para repensar el ajuste y el modelo de desarrollo. Es necesario promover una reconstrucción que tienda a disminuir la pobreza y la vulnerabilidad, que incluya una concepción del hábitat a la vez más respetuosa de los modos de vida locales y de los imperativos de la protección antisísmica. Es de señalar que hasta el momento sólo se ha acordado una moratoria en el pago de la deuda externa de los países afectados y no la anulación de los créditos.
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